Atraviesas...


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Con la angustia propia de los amantes furtivos, te anhelo como quien desea ver el sol por última vez antes de morir, como quien nunca ha visto una estrella fugaz y tiene en el alma un deseo guardado. Atraviesas el umbral de las caricias y me incendio hasta convertirme en cenizas, sin dolor, sin reparos. Cuando sueño contigo, la ausencia se hace menos y pareces tan real, con ese montón de luciérnagas orbitándonos para alumbrar lo que es eterno, lo que tenemos en las manos… libertad.

Atraviesas con tus manos todas mis barreras y me rindo ante la conmoción que me gobierna, que me hace presa del intenso ardor en las costillas y el diafragma porque las mariposas han abandonado su estado de oruga y sus alas me revientan en aleteos las entrañas donde atraviesas con tu luz mis miedos y no puedo más que cerrar los ojos y sentir cómo recorres los caminos, las calles, los centros, el universo entero para tenerme cerca, para prohibirle a la espera que nos devore y nos obligue a olvidarnos, porque tú atraviesas todo cuanto construí, todo cuando imaginé, encallado en mis manías, entre pecho y espalda.

Atraviesas espacios vacíos de amores breves y foráneos para quedarte conmigo y así poder quererte bonito, a la vieja usanza, como ya no se ve pero todos demandan, con besos que redundan y pasiones que se exceden. Como una daga atraviesas mi corazón, partiéndose en dos con la evidencia: las almohadas se roban los sueños y nos quedamos únicamente con los recuerdos, esos recuerdos que atraviesas para decirme que a pesar de todo nunca estaremos lejos.

Carta al Vacío Vol. 4


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No hay ningún mérito ni novedad en hablar de ti. Lo que sí es valioso es tener la oportunidad de desahogarse por lo menos un poco con alguien de absoluta confianza y que además nos conoce a los dos. Te confieso que al recorrer tus espacios y recoger tus pasos sentí un profundo vacío; las manos me sudaban, el corazón a punto de reventar y este anhelo miserable de un recuerdo sin doliente. Nadie oye, nadie sabe, nadie entiende, nadie ve, y a mí me consumen la espera infértil y el silencio. Con cuánto placer te orbitaría de nuevo, aún con toda tu crueldad. Busqué rezagos de tus murmullos en un lugar que nunca fue nuestro pero que me sirvió de excusa para componerte y dibujarte, para creerte y coquetearte, para regodearme en el absurdo y pretender que construía una historia sin hechos, sin personajes secundarios y sin pasiones latentes. Recordé para reemplazar la espera, hablé bien de ti para disfrazar la impotencia y te extrañé. Cada día repito una y otra vez algo que se ha convertido en mi mantra: no volvió cuando pudo, no volverá jamás, no hay reciprocidad y este vacío al que le escribo es lo único que me queda, que nos queda. Suplicar telepáticamente que vuelvas es la constante de esta paradoja, y con todo esto, aún me queda aliento para preguntarle al cielo si durante todo este tiempo has pensado por lo menos un breve instante en mí. No creo.

Prohibido Escribir.


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Me dijeron que no podía escribirte. Me pareció tonto de veras. ¿Cómo le piden a un escritor que no escriba? Es como si le cortaran las alas a un ave, como si se callara la voz de un protestante, como si me dejaran desnuda en medio de la calle con hambre e hipotermia. Me pidieron que no te escribiera, que guardara lo que siento en un baúl, que escondiera mis miedos y que usara el extintor de la calma para sofocar el fuego que me inunda las venas cuando cierro los ojos y te veo allí, tan mezquino y tan ágil, tan visceral e inconsciente. Me prohibieron escribirte como si fuera tan fácil, con toda la crueldad que implica, con el esfuerzo que tengo que hacer para ahogar los gritos de mis entrañas y bajarle la revolución a los fuegos artificiales que se me acumulan en los poros, desesperados por salir, por brillar en lo más alto del cielo. ¿Puedes creer que me pidieron no escribirte?, ¡Si es lo que mejor sé hacer! Reunir un montón de letras y darles un orden incoherente que solo tiene sentido en mi cabeza; agarrarme con fuerza de la probabilidad y alimentarme con cada instante que te tengo cerca, segundos perfectos en los que lo ajeno es propio y tus brazos son escudos cálidos que me protegen del terror que le tengo a tu ausencia y a tus manías dispersas. La vida se me pasó en un psicodélico flashback y no pude más que hundirme en tus manos y renunciar a la invasión de pesimismo que me acompaña día a día para morder tus labios en sincronía perfecta y adueñarme del encanto de tener tu rostro adherido al mío. Y así me encontré contigo y con la certeza de no poder escribirte, me lo prohibieron desde antes, desde que les hablé de ti, de tus ojos verde triste y tu manera de arrugar la nariz cuando sonríes. Y entonces me hablaste de ti, me contaste esas cosas que no le dices a nadie, me vestiste con palabras y me dibujaste tanta tontería de tu imaginación que se me empalagaron los oídos y se me estrujó el corazón. Y es que me gustas tanto así, tanto, tanto que no puedo contarlo, no puedo ponerlo sobre el papel porque es extraño; me gustas todo y con todo, desde la cicatriz de la quijada hasta los tornillos en las rodillas, desde la cortada en el pulgar hasta la marca en la ceja derecha – y mira que eres torpe – pero eso también me gusta. Lo siento tanto, me prohibieron escribirte, lo hicieron mis temores, mis amigos, mis enemigos, mis críticos, los aburridos eruditos que creen saberlo todo sobre mí, que me lleno de películas en la cabeza, que construyo ideales que no serán, que me paso la vida divagando sobre recuerdos bonitos que se desvanecen al otro día. Es verdad, así soy yo, la que compone desvaríos y te alucina. Y me muerdo las falanges para no correr a verte, para dejar que la vergüenza gane y para no caer en el absurdo de pensar en lo que viene. Me aguanto las ganas, me anudo la lengua y respiro como practicamos esa vez. Inhalo… exhalo… inhalo… y no te escribo más porque está prohibido, porque sé que estoy perdiendo el tiempo. Cierro los ojos y bajo los párpados te encuentro aunque no debo, una clásica traición del subconsciente. Un. Dos. Tres. El aire huele a ti. Y te respiro. Y te escribo.

Si fueras quien eres cuando estoy contigo.


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Si fueras quien eres cuando estoy contigo, yo sería la mujer que tú imaginas:
guerrera valiente, diferente, sin tapujos, sin rodeos,
sin miradas lastimeras y sin temblores en la voz.
Si fueras quien eres cuando estoy contigo, me vestiría de colores,
me cubriría de flores y elevaría al cielo una oración
para que el Ser en el que creo te cuidara cada día,
todos esos días en los que no puedo estar contigo,
porque si fueras quien eres cuando estoy contigo, la vida sería perfecta,
nuestra vida mi amor, la que nos hemos inventado juntos.
En los espacios que me quedan cuando no estoy contigo y te extraño
he aprendido a creer en milagros, en milagros y en el viento,
el que me cuenta las historias que susurran tu nombre,
el que se lleva las risas, las palabras ajenas, las tristezas viejas.
Y si tú fueras quien eres cuando estoy contigo, te entregaría mis pasos
las navajas de mis ojos cortando la tensión del breve instante,
ese instante en el que no soy, en el que no eres, en el que no somos.
Y es que si fueras quien eres, si estuvieras conmigo,
la palabra silencio perdería el sentido.

Carta al Vacío Vol. 3


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Comparo mis memorias con los flashback de una película. De repente estoy así como si nada, y ¡bum!, apareces tú diciéndome algo bonito en cualquier circunstancia y sonrío. Tuve una charla increíble con alguien que te conoce, no sé qué tanto, pero que si te menciono entenderá al instante, y mira que esa charla me hizo pensar en ti. ¿Cómo estás?, ¿qué hay de tu vida?, ¿cómo van las cosas? Preguntas sencillas que daría la vida por responder, pero me niego a preguntar por ti, sería un suicidio. Hoy no te odio. Ayer decidí dejarte atrás. Mañana seguramente te extrañaré un poco de nuevo, y así se nos irá la vida hasta superarlo por completo. Hoy estoy segura de no saber quién eres y de que nunca lo supe. Lo insoportable realmente es que le dieras la razón a todos y tener que guardarme la versión original de lo ocurrido para no confirmar los temores de quienes me hicieron mil advertencias: prohibido enamorarse, prohibido involucrarse, prohibido sentir, prohibido odiar, prohibido reclamar. Pero ya ves tormento, se nos cayó la máscara a los dos. Tú no eras el bueno de la historia y yo no era tan fuerte ni tan madura. Finalmente, aunque intenté no hacerlo, terminé imaginando que habría un después sin importar cuál sería y sin prestarle atención a tus maliciosas intenciones que invitaban a alejarme. Sentí que eras cercano, que podías ser mi amigo. Fallé.

Carta al Vacío Vol. 2


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Te odio. Y es gracioso, porque en mi mundo de absurdos donde nunca tengo nada claro, lo único claro es eso, que te odio y con muchas ganas. El odio es un sentimiento que consume y marchita las buenas vibraciones, pero ¿qué podemos hacer?, si después de tantos, pero tantos días dándole vueltas al mismo asunto, tú has hecho alarde de tu cinismo para darle la razón a todas esas personas que me advirtieron un millón de veces el error tan grande que era encariñarme contigo. Y mira tormento que este descubrimiento no me ha hecho ni más ni menos feliz, pero por lo menos darle nombre al sentimiento produce cierta tranquilidad. Ahora, eso no quiere decir que me rasgue las vestiduras o contemple el suicidio como opción, no vales tanto, entre las muchas cosas que no mereces, esa en especial saca la cara por todas. Puedo insistir en que no mereces mis letras, y de hecho nunca mereciste lo que entregué por tu causa, pero ahondar en lo obvio no nos va a regresar en el tiempo ni nos va a devolver las sonrisas que nos debemos. Lo lamento tormento, de nuevo, por los dos, y mucho más cuando te apareces en lugares irrisorios y cada día, aunque sea una vez, saco tiempo para recordarte y revisar la lista de chequeo de mi cerebro en la cual explico por qué debo liberarlo de ti. Eres difícil de olvidar tormento, pero no imposible. Créeme, soy experta en ello.

Carta al Vacío Vol. 1


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Buenas tardes tormento. Son tantas las cosas que han sucedido desde que te fuiste. Las cosas han cambiado, otras personas se han ido, nuevas han llegado, ya sabes lo que dicen, la vida cambia, las cosas cambian y la gente cambia. Incluso yo, he cambiado mucho y no puedo decir que para bien o para mal. Solo sé que cada día batallo en contra de tu ausencia y mi miedo a extrañarte. Es una sensación que odio y que cada día hace más daño. Estoy segura que no va a durar para siempre, porque así soy yo, dramática hasta los huesos pero al final olvido y paso la página. Lo que pasa es que a veces es más rápido, a veces se demora más, todo depende. En realidad, no es la ausencia la que duele, es la indiferencia y saber que a pesar de todo no voy a mover un dedo para volver a verte, porque aún el lado consciente de mi inconsciente es lo suficientemente fuerte para saber que esto es lo mejor. Y aún así, a veces se arremolinan en mi estómago las ganas y en mi cabeza las emociones y siento tanta impotencia y tanta rabia que quisiera tener la manera de hacértelo saber. Y ni siquiera lo mereces, ahí está la ironía, porque no mereces nada, ni tenerte en mi cabeza a cada momento, ni cada lagrimita boba que he derramado, ni estas letras mereces. Qué tristeza me das, tormento. Qué lástima nos tengo a los dos.

Aprendiz.


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Siempre tan tonto el mundo y su locura. Yo me pinto margaritas en el vientre y lloro dolores ajenos. Te quise. Te quiero. Te querré. Has sido el más perfecto de mis errores, el más banal de mis miedos, fugaz a veces, eterno a veces. Tanto, que si fueras aire sería un placer respirar tu vida, que estés en todas partes, bajo la piel, sobre las sábanas, en las entrañas. Te quise. Te quiero. Lo confieso, con lo romántica que es la aurora, con lo mágica que es la luna, todo te lo he dedicado, todo ha sido para ti, las lágrimas, las canciones, el agujero en la capa de ozono, el sabor de mis labios, mis mentiras piadosas, mis súplicas clandestinas, las pasiones que me rebasan, el carmín de la sangre que se escurre en cada herida, sin doliente, sin antes, sin después, sin ti. Tú has sido hogar, equilibrio, refugio, engranaje preciso, la pieza ausente del rompecabezas, el lugar donde se alinean los planetas y se conecta la vida con la madre tierra. Mi casa, mi verdugo, mi cobardía.

Siempre tan tonto el mundo y su locura. Siempre tan tonto tú que jamás te enteras, que te escondes y te vuelves ciego, que juegas mi juego y develas mis cartas, que diluyes mis pasos, me cortas la voz y revuelves todo con tus dedos de alquimista y tus maneras tan galantes. Recorres los mismos espacios mirando las mismas nubes, guardando los mismos papeles en los mismos bolsillos, olvidándome en las mismas esquinas, perdiéndote instantes conmigo, perdiéndome a mí cada vez un poco más. Pero te quise, claro que te quise, y mira cuánto te quiero, tan triste es la certeza en un retal de letras, que con cada palabra verás también que te querré, pero no para siempre. Aprenderé.

Teorías sobre el enamoramiento: Wikipedia, Osho y un simple desvarío...


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Han sido días complicados. Y no lo digo como una queja o para excusarme por llevar tantos días en la nebulosa laboral, lo digo en serio: han sido días de locos. Lamentablemente para mí, escribir no rima con cierres financieros ni revisión de cifras; rima mejor con dos días de incapacidad obligada debido a una obstrucción de vías respiratorias generada por la inflamación de los senos paranasales. Bien, son demasiados tecnicismos para mi gusto, pero eso fue lo que viví en los últimos dos días y de una u otra forma me ayudó a liberarme un poco del letargo, descansar y pensar por fin en lo que quería escribir. Y aquí estamos.

El amor debe ser un absoluto acto de libertad. Después de tantos años haciéndole cerebro flotante y un poquito de bullying a los libros de autoayuda y a la gente que publica en Facebook todos los días su propia versión del amor perfecto que comparte con su media naranja, me encontré con mi mejor amigo poniendo esa frase en su estado. Fue una cosa rarísima porque yo misma lo había acompañado a comprar el bendito libro de Osho con el cual esperaba de alguna manera entender la revolución que le invadía la vida y sus porqués. Pero no es el único, yo también tengo la vida revolucionada hace días. Acostumbrados desde siempre a lidiar con nuestras neuras mutuas, sin dejar atrás el apoyo y la inevitable burla, me di cuenta que de alguna manera lo envidiaba. Él estaba tratando de no interpretar las señales equívocas ni leer entre líneas y a cambio se dedicaba a buscar indicios un poco más concretos en un libro que nunca antes hubiera contemplado siquiera comprar, mientras yo me hallaba unos días atrás buscando en Google mi propio camino de respuestas ligeramente inexactas y de fuentes tan “fiables” como Wikipedia. Lo sé, es así de patético, pero no menos encantador… mera curiosidad. Leí mucho sobre la química del amor, sobre la interacción de las hormonas y las no sé cuántas glándulas que intervienen para que a uno se le vaya la baba por alguien en especial: un cóctel cerebral que incluye dopamina, adrenalina y norepinefrina. Gracias a la dopamina nos invade la euforia del enamoramiento, y las otras dos solo están ahí para que se nos detenga el corazón, nos suden las manos, nos hormigueen los dedos y no podamos dormir. Pero tengo que admitirlo, aunque yo sea todo emoción y me rebasen los sentimientos, no pude evitar el matoneo respectivo el día de la compra del libro.

Y aún así, se lo pedí prestado. De hecho, más que pedírselo prestado le supliqué que me diera su libre paráfrasis del texto y describiera las notitas que hubiera podido hacer en post its imaginarios con los aspectos importantes. En mi interior no podía evitar reírme de mi misma porque para compensar su elocuencia yo solo tenía la lista de características que me había dado Wikipedia y que según mi imaginación coincidían con mi situación actual, ubicándome inequívocamente en el privilegiado lugar de los verdaderos enamorados. Mi amigo seguía con su epifanía sobre el amor libre de Osho y la posibilidad de construir relaciones basadas en la confianza y el conocimiento auténtico de sí mismo, sin miedos ni límites, y mi cabeza empezó a divagar con la idea de llamar en ese preciso instante al susodicho de turno y despertarlo con mi conveniente retahíla sobre lo mucho que me gustaba y la contundencia de mi revelación: oye extraño, según Wikipedia y los recientes descubrimientos de mi mejor amigo, estoy completamente enamorada de ti. Sin embargo, teniendo en cuenta que las fuentes de información en la wiki varían a diario y pueden ser editadas por cualquier colaborador, mañana podría perfectamente dejar de estarlo (porque es tan bipolar como yo)… así que desistí.

Al final cada persona tiene su propia visión del amor. Unas más utópicas, unas más racionales, pero siempre esperan terminar con un beso bajo la lluvia, supongo. Me gusta preguntarle a la gente por lo que siente, me gusta indagar y encontrarme con esas versiones extravagantes y sesgadas que se basan únicamente en la experiencia propia, aún cuando muchos alegan ser demasiado reservados con sus vidas privadas, algo que en mi concepto es miedo a la exposición y a que otros intervenga, pero lo respeto. Ya sé que nadie me va a dar respuestas, nadie va a llegar con verdades absolutas y tampoco espero encontrarme con el recurso lastimero de la paciencia y el algún día encontrarás el indicado y al que le van a dar le guardan. Continuaré perdiendo el tiempo por ratos en Google, tal vez leyendo tonterías varias en la internet o pretendiendo entender libros de autoayuda a través de los ojos de otros, mientras el susodicho de turno sigue con su vida sin tener la más mínima conciencia de mis desvaríos. Yo por mi parte seguiré avanzando y retrocediendo gracias a mi libre y esporádica interpretación de sus señales. Mi mejor amigo probablemente amplíe su colección de libros de Osho y trascienda más allá del fatídico e incómodo tema del romance, aunque siga gritándole en los bares el amor se acaba a las parejas que se besan. Quizás yo también trascienda, madure y porque no, con tanto que he leído sobre la dopamina, la noradrenalina y las diversas reacciones del cuerpo pueda convencerme de que, después de la madrugada macabra en la que no podía respirar, Wikipedia y Osho estaban equivocados: lo mío es rinosinusitis alérgica crónica con obstrucción de vías respiratorias, no amor.

Todo es culpa de Nietzsche.


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Siempre hay un poco de locura en el amor. Pero también un poco de razón en la locura”. Esa fue la frase que recibí al final de la tarde en un mail cuyo asunto decía algo como Te tengo la frase del día. Obviamente, fue gracias al doodle de Google que me enteré del aniversario del nacimiento de Friedrich Nietzsche, porque siendo honestos, no es una fecha que tenga marcada en mi calendario. Y estoy segura que mi amiga, la del mail, tampoco. Sin embargo, ella sabe perfectamente cómo iniciar una buena charla conmigo, sencillamente porque conoce el 80% de mis lados débiles y esculcarme la lengua como diría mi mamá, se ha convertido en una especie de hobby para la gente que me rodea.

Para su buena fortuna, habían sido precisamente razón, emoción, amor, cordura y locura mis palabras favoritas durante el fin de semana. Especialmente porque razón y emoción han desatado una especie de guerra de egos donde las dos están desesperadas por salir victoriosas y arrastrarme con ellas sin vergüenza alguna, llevándose por delante a la cordura y a la locura por igual hasta convertirlas en una masa demencial de contradicciones como una bola de nieve que se va llenando de los miedos, las excusas, las probabilidades, los anhelos y la posibilidad de hacer otro de esos ridículos que lo deja a uno exhausto y aburrido como un orgasmo inducido y sin ganas.

Claro que sí, al pobre Nietzsche y a uno que otro erudito amateur les debe parecer que el disparate de hoy es demasiado convencional, repleto de clichés y lugares comunes, escrito por una niña para que sea leído por niñas. ¿Y qué se puede esperar?, soy una mujer que disfruta contando cosas sin mucho sentido, usando un montón de palabras rebuscadas, cuando debería tomar el toro por los cuernos y hablar frente a frente con quienes inspiran sus escritos. Pero como todos sabemos que eso no va a suceder (porque esto, como todo en mi vida, es pasajero), la única evidencia de que tantas emociones han pasado por aquí está en escribir sobre aquello que en algún momento me importó o me importa, por pequeño que sea. Así me queda la certeza de sentir, de haber sentido, de estar viva.

Hoy me voy a poner romántica, ¡Qué más da! Si es que cuando se trata de amores, yo soy toda emoción. En ese aspecto, mi lado racional sufrió alguna clase de trastorno de personalidad en su niñez y se cree emoción de vez en cuando. Pero ahora que ambos son adultos, emoción y razón no quieren jugar del mismo lado aunque siguen como imbéciles pretendiendo engañarse mutuamente para ver quién se queda con la locura, porque a la cordura, al parecer, nadie la quiere. Y con tanta elucubración sin sentido alguno, he descubierto otra de esas facetas escabrosas de mi personalidad: o soy bipolar o tengo un alter ego adolescente que perdió por completo la cabeza.

El problema es que la loca (mi alter) tiene el cinismo de creer aún, de soñar, de ilusionarse y lo peor… de enamorarse. Esta vez la víctima (¿o victimario?) es un pobre mortal con un cúmulo de manías y rarezas que hacen las delicias de la emoción y están sacando de quicio a la razón. Tal vez sea porque sus abrazos son efusivos, o porque sus ojos tienen ese tonito verde oliva que uno no puede obviar y ya, o porque siempre tiene una sonrisa honesta y una variedad de frases construidas y momentos de delirio que obligan a prestarle atención se quiera o no. Es un poco de todo: su descaro, su visión bizarra de la vida, sus juicios, su torpeza. El lado racional analiza cada detalle y se regodea en horas de conversación mientras la emoción vibra en el abdomen como en el peor de los ataques de amebas, amarrada a  una silla con lazos que penden del diafragma y con un pedazo de tela en la boca tratando de callar los aullidos de su corazón, porque la emoción por supuesto, en este desvarío, tiene su propio corazón, uno que se engaña con utopías y se mantiene firme ante la probabilidad.

Mi alter da brinquitos cuando ve pasar al pobre tipo y deja que la emoción se apodere de cada terminación nerviosa en cuanto lo tiene cerca. Provoca la ocasión y engaña a la razón diciéndole que todo va a estar bien, que no hay nada de qué preocuparse porque seguramente al final ella ganará la contienda. Ya ven que mi razón es bastante obtusa y pagada de sí misma, porque le cree. Y mientras tanto la emoción va por ahí haciendo de las suyas, encontrando aliados insospechados: la providencia, la casualidad, la causalidad. Mantiene distraída a la razón con una pila de reflexiones ridículas y aprovecha para convencer a los dedos para que hormigueen al topárselo de improviso, persuadir a las glándulas sudoríparas para que olviden el autocontrol y al mecanismo que maneja las sonrisas involuntarias para que desconecte el cable que las ata a la razón y así aparecen cuando no deben, más de la cuenta y casi por todo.

La razón sigue preparando su patético discurso de huída mientras la emoción arma sindicato con cada vello del cuerpo para que reaccione ante la más mínima mueca y le pide ayuda a la máquina de los suspiros para andar a toda marcha cada vez que la razón se descuida y en un instante de vulnerabilidad se permite recordar lo mucho que le gusta verlo arrugar la nariz cuando discute, o el movimiento de sus manos al hablar… o simplemente la forma en que toma el esfero para escribir. Tonterías de esas.


Cuando la razón reacciona ya es muy tarde. Con el agua hasta el cuello atina a sacar del bolsillo el último de sus argumentos: bien puede la emoción seguir bebiéndose la locura a sorbitos y escondiendo a la cordura bajo el tapete. Al final, en este juego la razón tiene ventaja… la emoción no conoce a Nietzsche.

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