domingo, abril 01, 2018

De nicotina y ausencias

He perdido la cuenta de las veces que he tratado de alcanzarte en mis sueños. Una espesa bruma se atraviesa entre nosotros y de repente, me encuentro bajo mis cobijas, bañada de un sudor helado que aún no puedo entender. La calefacción de la casa me juega malas pasadas, lo sé, me lo dijiste una vez, así como me dijiste que la alarma contra incendios pitaba porque la batería necesitaba ser cambiada. Me tomó un año entero entenderlo, me tomó un año entero cambiarla y sin querer ese día te recordé.

No es que te haya olvidado, no del todo. Siempre estás por ahí susurrando tonterías en mi oído y espantándome con los pinchazos de tus dedos en mi cintura. No me culpes, no puedo olvidar esa sensación, reconocería tus manos en cualquier parte y en cada rincón de mi cuerpo. Manos enormes, de oso, de animal herido, de animal sin alma como te dije una vez. Era broma, tú si tienes alma, se quedó conmigo.

La bruma del sueño vuelve. En serio, ¿Por qué siento siempre que el aire afuera de las cobijas es helado si la temperatura dice lo contrario? Extraño tus respuestas básicas para todo, tus explicaciones científicas y hasta la forma en que acomodabas las almohadas para dormir.

No extraño tus ronquidos, no exageres, yo te amo, muchísimo si quieres oírme decirlo, más de lo que he amado a nadie en este mundo, pero no extraño esos desvelos unilaterales. Me gustaba más cuando nos desvelábamos juntos, nos perdíamos entre las sábanas y extraviábamos la ropa entre arrumacos, esos días en los que devolvíamos la película más de diez veces porque entre besos y caricias nos desviábamos del tema.

Y es que nos desviamos tanto, mi amor. Nos perdimos en el camino. Nos perdimos el uno al otro.

Deberías volver. La alarma contra incendios ya no pita sin piedad y aprendí por fin a usar el aparato para lavar la loza. También aprendí a dejar la pasta al dente e incluso entendí que la ropa no necesita dos copas y tres pods de detergente, que queda igual si uso la medida que indica el envase y que hasta los días más soleados son grises sin el verde intenso de tus ojos bonitos. Lo entendí todo, pero no que te hayas ido.

Es verdad, no te lo voy a negar, aunque mil veces te dije lo contrario, sí quería que fueras mío. Es fácil acostumbrarse a ti, con todo y tus silencios incómodos, con los doscientos cigarrillos que fumas al día y ese olor eterno a nicotina que se impregnaba en mi cabello y en mi ropa, era una marca tuya, tan tuya y tan inconfesable como las incontables veces que he escrito tu número en mi teléfono para enviarte mensajes una vez más. ¿De qué sirve haberlo borrado si lo sé de memoria?

Sé que has preguntado por mí. Nadie me lo ha dicho, pero prefiero creer que es así, que no ha sido fácil olvidarme, que dejé en tu casa mis aretes a propósito y que cada vez que los ves piensas en mí, en la posibilidad de devolvérmelos, en la posibilidad de verme, en la posibilidad de ser posible… de volver, de abrazarme otra vez, de quedarte aquí donde perteneces, este lugar que jamás debiste dejar. Lo sé porque mis sueños son muy reales, tan reales como lo es el miedo a despertar y darme cuenta de que lo único me queda es tu almohada favorita y ese frío que estoy por creer que es parte de mi imaginación.

He perdido la cuenta de las veces que he tratado de alcanzarte en mis sueños…

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lunes, abril 03, 2017

Nieve

De tus labios salen las palabras que nadie quiere decir.
Ha venido la nieve y el corazón en un escaparate
la observa caer inclemente,
sin dirección, sin destino, sin rumbo fijo,
cae y se acumula en mi puerta
obligándome a permanecer en casa,
con los recuerdos, con los vacíos, con las ausencias.

La temperatura del alma es la misma de las calles,
de tus labios escapó una despedida,
no conocía la nieve hasta que la vi en tus ojos verdes,
tan tristes, tan tercos, tan insolentes,
me congelan las ganas y me cubren los sueños
la nieve crece tanto como mi miedo…
a perderte, a perderme, a no verte de nuevo.

De tus labios mi amor, los alegatos,
de la nieve la blancura que se hace lodo,
como tus promesas, como mis intentos.
Palabras tibias que no alcanzan para este invierno. 

lunes, agosto 08, 2016

Los amantes del hubiera

Dijiste mi nombre.
Cinco letras que combinadas de otra manera no riman con nada.
Y entonces supe que era una despedida.

Siempre fuiste tan pragmático, tan elocuente, de respuestas contundentes y palabras profusas. Te escuche decir tantas veces que éramos como los pedazos rotos de un mismo espejo, tratando de encontrase, de rearmarse, de contar la historia dejando atrás la huella de los dolores ajenos que nos dejaron así: quebrados, devastados, regados por el suelo. Tuve el placer de verte en tus peores y tus mejores momentos, perpleja ante la intensidad de tus juicios, nunca fui digna de ser amada como quería, como esperaba, a la vieja usanza, como en el cine, como en la vida real de quienes nos rodean, con sus casas, con sus perros, con sus trabajos perfecto; con los hijos que en nuestro caso evitamos a toda costa y con todos los métodos.

Y entonces me llamaste amante. Me parece una expresión tan bonita, tan apropiada, tan justa. Al final viene de la palabra amor y eso fue lo que hice: amar sin mancha, sin queja, sin duda, transparente hasta casi desaparecer entre tus miedos y tus afanes, temiendo que el tiempo no nos alcanzara, sabiendo que no nos iba a alcanzar. Crucé oceamos por ti, pasé mil noches sin dormir, te escribí historias, te canté canciones, compuse poesías que llenaron libros enteros y me imaginé que a pesar de lo obvio, aún tenía la posibilidad de merecer que en días como hoy me extrañaras. A pesar de nunca haber querido tomar mi mano o del esfuerzo sobrehumano que hacías por esconder las intenciones que luego ardían entre sábanas, a pesar de verte cada día atesorando una nueva denominación para referirte a nosotros, una que no fuera de las comprometedoras. A pesar de las mil evidencias que puestas en el papel, una tras otra, me hacen ver cada vez más ingenua, a pesar de todo eso, a pesar del pesar, pensé que en algún momento ibas a darte cuenta de lo natural que se da entre nosotros, de lo cómodo que te sientes en mis brazos, de lo entrañable de mi franqueza y de mi capacidad para guardar en el alma toneladas de afecto y de almacenar en la cabeza nuestros recuerdos, fotografías mentales de nuestros encuentros, instantáneas de tus ojos bonitos y tus muecas al sonreír, para no quedarnos en el ‘hubiera’ que es el castigo de los cobardes.

No nos quedamos ahí. Fuimos más… y fuimos por más. Lo tuvimos todo, lo dimos todo, nos desnudamos en el camino y nos convertimos en enemigos; hicimos fiesta bajo la aurora y me volví el hogar de tus lamentos, la inquilina de tus deseos, de las buenas charlas, de mi talento innato para soltar ráfagas de indirectas a ver si caías en la cuenta de lo que fluye aquí en la mitad de este festín de sentimientos y contradicciones que es nuestro amor fallido, prematuro, frágil y sin futuro. Fuiste resguardo para mis labios repletos de besos, de palabras coherentes cargadas de mañanas infinitas, de desayunos en la cama, y nos inundamos de pensamientos que incluían nuestros propios hijos nuestro propio perro, nuestras propias fotos de perfil abrazados con un paisaje famoso de fondo.

Me llamaste amante, yo te llamé cobarde. Y ya no somos ni amigos, es lo que dejan los momentos de torpeza, de ceguera momentánea, de calentura en la entrepierna, en la cabeza, da igual: las consecuencias siempre son nefastas. Nos saltamos el protocolo y nos comimos las viandas, nos bebimos la histérica potencia de un amor desvalido que solo iba en una vía, de aquí para allá, nunca de allá para acá, un camino sin retorno, probabilidad de chocar… suelo resbaloso. Hoy no podemos ni vernos, no somos. Si antes no fuimos ahora menos debemos, podemos, queremos. Nos quedamos en el aire y veníamos del vacío.

Yo sería tu amante, de verdad. Me quedaría contigo, lo apostaría todo, arriesgaría hasta mis textos, lo único honesto que me queda. Pero un nunca has sido mío. Tú llámame como quieras y llámame cuando quieras que si llueve y hace frío, yo te tengo diez propuestas. Las revisas y me cuentas, no te quedes en el ‘hubiera’, compañero mío, allegado mío, que un día habrá alguien que merezca tus desvelos, ser extrañada con decencia y por supuesto… será digna de tus letras.
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Twitter: @eangelt
Blog en El Tiempo: Desvariando para variar

domingo, junio 05, 2016

Columpio



En cuanto abrí los ojos y la verde inmensidad me cobijó, recordé por qué un día deseé tener las piernas más largas. No sé cuánto tiempo pasa desde que comienzo a mecerme, pero cuando voy de un lado a otro, sentada en columpio, pierdo la noción del tiempo y me siento viva.

Balancearse en un columpio es como estar enamorado; el vaivén, la lucha, el vacío en el estómago. Ir y venir, navegar sin sentir el suelo bajo los pies; la inercia que te lleva, la vida que trae, el sacudón inevitable, el cabello al viento, el miedo de caer, las ganas de botarse sin medir consecuencias, sin pensar si va a salir bien o si al final resultaremos lastimados.

Balancearse en un columpio es como un buen orgasmo; con las pausas y el impulso, la esperanza en movimiento y el impacto de estar, de estrellarse con el aire, de atrás hacia delante, de adelante hacia atrás, cada fibra del cuerpo despierta, atenta, ajena, impasible, sublime… en el abismo de las ganas y propensa a caer. Esa disputa con el deseo que nos hace creer por un breve instante que tenemos alas y somos capaces de volar.

Balancearse en un columpio es como tener el milagro de la vida en las manos y aferrarse a él como si no tuviéramos un mañana, la madre que amamanta a su hijo, esa conexión con la tierra, abrazar un árbol y hacerse uno con el universo… la alquimia, la magia, el poder y la esencia, estar a punto de todo… de girar, de caer, de morir, de perder, de ganar.

En cuanto abrí los ojos y me inundó el olor a hojas nuevas, la risa escandalosa de los niños y el aire en mis pulmones, en cuanto sentí el incipiente rayo de sol colándose a través de los árboles, calentándome el alma… justo en ese momento, me sentí infinita.

lunes, mayo 30, 2016

Ella



Si la ves, dile que la extraño
Que pienso en ella, que sueño con ella,
No debió irse, no debió dejarnos
Cuando estaba, cuando eran, yo era…
Era feliz, me sentía tranquila, era libre,
Dile que vuelva, que me hace falta
No importa si te hace ajeno, si eres suyo
Saberla contigo me llenaba de paz
Te prefiero con ella, que mío incompleto
Mío pero roto, desarmado por dentro
Si la ves, por favor dile que la extraño
Que su fantasma me persigue y me agobia
O que, si no va a volver, si no lo desea
tenga por lo menos el valor de devolverme
Los pedazos de tu alma, los trocitos de ti
Lo que se llevó, lo que arrastró con su huida
Para ver si algún día me miras como a ella,
Me sufres y me amas como la amabas a ella,
Y así tal vez, solo tal vez, deje de conformarme
Con migajas de besos, con suspiros vacíos
Si la ves, por favor, dile que vuelva
Que te prefiero ajeno, y no mío a medias.

jueves, marzo 17, 2016

No soy la mujer que estás buscando



No soy la mujer que estás buscando, lo siento. Quisiera serlo a veces, solo a veces, en esos días en los que eres fuego y por tu culpa arden las ciudades y el viento se llena de humo y escarcha negra, en esos días quisiera ser la mujer que buscas, la que puede apagarte, amainar tu ira, abrazarte y dormir a tu lado para que estés tranquilo.

No soy la mujer que estás buscando. Quieres alguien frágil, vulnerable, impotente ante tu locura y tus arrebatos infames, tu falta de consideración y tu sombría manera de enterrar cualquier sueño en lo más profundo de la tierra.

No soy la mujer que estás buscando, a pesar de amarte más que nadie, como solo se ama una vez en la vida. Yo fallé en la búsqueda, te encontré cuando no debíamos, cuando no podíamos, cuando ninguno de los dos sabía que es posible creer, inherente crecer, con todo y que riman como rimábamos nosotros, ese engranaje perfecto de tu cuerpo y el mío devorando las ansias y rompiendo los miedos.

No soy la mujer que estás buscando. Tú buscas aire, buscas ser libre, quieres un refugio que se parezca a tu hogar, ese que tienes conmigo, que sabes que está acá entre mis sábanas, en los cajones de mis súplicas, en los años y años de destierro, bajo las costillas, sobre el diafragma, ese es tu lugar en el mundo, donde viven mi poesía y los besos dulces que te han cobijado cada mañana.

Pero es una lástima, no soy la mujer que estás buscando. La quieres suave, la anhelas joven, la buscas ‘cuerda’, que no se queje, que no haga escenas, que no dibuje ni tenga letras. Que no tenga conflictos con tus días difíciles y que al contrario los vuelva fáciles. Que sea amable, que tenga clase y que no haga dietas.

Yo, mi amor, no soy la mujer que estás buscando. Siempre ha sido así, es la dinámica de nuestra relación, una rutina que seguimos al pie de la letra. Yo me acostumbro, tú te acostumbras, nos desnudamos con la aurora, nos vestimos en la alborada y el mundo gira sin darnos cuenta.

Y mientras tu imponencia reclama a esa mujer que estás buscando, ciego en tu soberbia, yo me divierto ante tu angustia y te digo… no soy la mujer que buscas, amor mío, porque para mí, siempre, siempre has estado prohibido.

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