miércoles, abril 15, 2015

Hablo de ti



Hablo de ti en pasado y ya no duele. Hoy por primera vez dije tu nombre y no sentí frío, no sentí que me estallaba el vientre ni se me derretía el alma en suspiros. Hablo de ti en pasado porque ahí estás, donde decidiste quedarte y donde abandonaste nuestros intentos para continuar por un camino inmenso que solo te correspondía a ti, a ti y a tus ansias de convertirte en hielo a pesar del fuego que llevas dentro, porque a mí, lo que me queda a mí, es la ausencia y las respuestas que no tuvieron nunca una pregunta para atender y que se fueron convirtiendo en polvo. Se las llevó el viento.

Hablé de ti en pasado no hubo llanto. No hay nombre ni seudónimo que te represente. Pasaste de ser todo: el mar, el aire, el sol, el día y la noche, a ser él o ese, sí, con todo y las cursivas, con el desenfado y el desgano que tanto amor deteriorado amerita. Yo me fui consumiendo, me fui agrietando por dentro y de tanto anhelo se me inundaron los porqués y los cuándos, a la espera siempre de que dijeras que sí, que podía vivirte en presente simple y en progresivo, usar gerundios para besarte y puntos suspensivos para extrañarte.

Hoy hablé de ti en pasado y ya no existes. No te perdí ni me has perdido porque siempre fuimos ajenos. Unos días más que otros, en las madrugadas más tristes y en el deshielo. Y mira que fue un amor bonito, de los grandes, de los buenos. Hoy que digo te quise y no digo te quiero, hoy por fin lo entiendo, estás tan lejos, que no nos alcanzó la vida para saberlo ni para perdernos en musarañas y sueños. Hoy hablo de ti, un sentimiento pasajero, porque al final tomamos lo que podemos y con el resto... alzamos vuelo.

lunes, febrero 16, 2015

Lejano

Me engaño. Qué pequeño es el mundo y qué curiosa la vida que nos deja en este punto muerto, suspendidos en el tiempo. Me engaño porque creo que hay maneras y que en el fondo no hay distancia.

Me blindo. ¿Con quién dormiste ayer?, ¿y antes de ayer?, ¿y la semana pasada? Me blindo anticipando las respuestas que perciben sin dudar los peores escenarios.

Me escapo. La realidad es tan obvia y tan perversa que pone contra la pared mi improbable inocencia. Me escapo de ella y te veo tomándome las manos mientras beso tus ojos y rozo con el pulgar las comisuras de tus labios.

Me duermo. Prefiero cerrar los ojos y aferrarme a la nada. Me duermo con tu imagen borrosa bajo los párpados y el latido de tu corazón retumbando por doquier como el triste tic tac de un reloj viejo. 

Lejano. Y ajeno como nadie ha sido, porque extrañarte es criminal y la angustia me devora. Quédate allá amor, donde quiera que estés. Al final tú tenías la razón: mi pasión por la tragedia no tiene control.

miércoles, febrero 04, 2015

Te he pensado tanto...


Te he pensado tanto que voy a acabar por creerle al mundo que me tilda de loca, que se preocupa por mi cuando pienso en ti, "si lo sigue mencionando, se le va a gastar el nombre" alegan. Es envidia mi amor, de eso estoy segura, porque no saben lo bonito que se siente saberte en mi vida y que cada uno de mis huesos vibre al tenerte cerca. Es que no te conocen, no te han visto y no entienden lo que es perder la cabeza por un amor que te congele la sangre y se te escurra por los poros. No mi amor, no lo saben, así como no tienen la menor idea de las ganas que tengo de besarte en las mañanas y en las noches, cuando hace sol y cuando llueve, si es miércoles o es domingo, a pesar del miedo y las pesadillas, en el almuerzo y en la cena, yo siempre, siempre quiero tenerte cerca, con tu aroma a pino y azucenas, con tu manía de apagar las luces para encenderme el alma, con los recovecos de tus labios persiguiéndome en los ratos donde sueño despierta y te anhelo tanto que a veces duele, como mil espadas atravesadas en el pecho... y es que es así mi amor, amor mío y de nadie más, tanto que a veces temo que de pensarte, la imagen de tu rostro se me desgaste y se quede sin color, que tu nombre pierda rima y se diluya el sonido de tu voz. Te he pensado tanto, pero tanto amor, que voy a acabar por creerle al mundo...

viernes, enero 30, 2015

Carta al Vacío Vol. 5


Te extraño. ¡Aggrrhh!, ¡cómo odio decirlo! Al fin de cuentas, saber que no lees estas líneas y que probablemente jamás lo harás es tranquilizante porque reduce el riesgo de hacer el ridículo. Y aún así, con toda la humillación que implica, debo reconocer que te extraño de forma criminal, tanto, pero tanto, tanto, que se me olvida por ratos que no te importa en lo absoluto. Arrasaste con todo y pasó tan rápido que aún me sacudo boronas de la ropa y retiro de mis ojos la escarcha que botaste de un manotazo para desaparecer en el más barato y menos elaborado truco de magia de la historia. Pero ¡por Dios!, ¡cuánto te extraño! Con lo deprimente que es quedarse a la espera de ese momento donde la vida se equilibra y por una pirueta del destino tú apareces para decirme algo que comprueba (nuevamente) mi teoría sobre la ley de la compensación del karma y al fin ajustamos cuentas. Sé que no es sano vivir así, ni siquiera para mí que estoy acostumbrada a elevar el drama y la trascendencia a niveles insospechados. Pero incluso alguien como yo merece algo mejor, algo más normal, tranquilidad… la misma de la que haces gala en este momento, porque si de algo estamos completamente seguros es que después de nuestra historia, la única que conserva estos rezagos de tus recuerdos, lastimeros y sin valor, soy yo.

martes, noviembre 18, 2014

No tenemos un mañana



Me desperté un día sabiendo que jamás tuvimos un mañana. La desazón del olvido teñía las paredes y el aire olía a despedida. Abrí los ojos pero no pude moverme de la cama. El peso en el pecho me ahogaba las ganas y me invadía de angustia. Nunca tuvimos un mañana, y no porque no quisiéramos o porque no nos alcanzaran los besos, fue más un asunto del tiempo, ese enemigo invisible que nos va quemando por dentro y nos va convirtiendo en sus víctimas. Y sin importar cuánto te he amado, no nos queda nada aparte del recuerdo y de pensar que fuimos lo que quisimos, pero jamás lo que debíamos ser: un par de amantes con un mañana.

Nunca tuvimos un mañana, mi amor, y cómo duele ahora que el vacío nos congeló la sangre y los días vienen y van sin pena ni gloria, sin esperanza y sin color. Divagamos, navegamos, nos diluimos y nos amamos, nos quebramos de tanto intento y sobrevivimos a la hecatombe del destierro y el fracaso. Nos quisimos como se quieren los delirantes dueños de los relatos desgarradores del pasado y nos dejamos para siempre en la parada del tren, abandonados, con ese abrazo del final que se devora las promesas y se convierte en el único recuerdo latente, ese que se va perdiendo a medida que rozamos otras almas, visitamos otros sitios y desnudamos otros cuerpos.

No tenemos un mañana, ni tú ni yo, y lo sabemos. Siempre lo supimos, pero es más fácil creer que sí cuando se tiene el hoy, el momento, el instante en el que somos felices y eternos, únicos y capaces. Ahí es donde el aliento se engaña y cree que todo es posible, que puede con la carga de no contar con ese mañana que al amanecer se disfraza de un hoy con los juramentos intactos, porque mañana no se refiere al momento en el que vemos juntos salir el sol, no mi amor, mañana es eso que no tenemos, que no tuvimos nunca, lo que viene después: la casa, el perro, el jardín y los hijos, las madrugadas heladas y hasta los abismos.

No hay mañana porque fuimos lo que siempre juramos, pero de ser tanto sin ser del todo nos quedamos con la nada, solos y sin respuestas, sin eso que nos faltó, el fuego que se extingue sin dejar cenizas, el cadáver de tanto anhelo, el hedor del pánico que distrae y nos separa, todo ese amor desbarrancándose mientras tú y yo, arropados bajo el mismo cielo pero con el espíritu ajeno, sin mañana y sin futuro, nos fuimos dejando atrás y ahora, que nos tenemos frente a frente, las palabras se nos quedan cortas y nos ahogan la voz.

No tuvimos un mañana, amor de mi vida, pero vaya que tuvimos el presente. Prefecto y letal hasta la muerte. Tanto, que un solo soplo de esperanza nos podría devolver a ese hoy que fue tan nuestro, con el pulso disparado y con las venas colapsando por la sangre que sonroja y que juega a delatarnos. Juguemos a querernos hoy, con el alma y con las manos, porque mañana no tendremos, eso está claro, pero sé que por lo menos estaremos satisfechos de haberlo intentado.

miércoles, noviembre 12, 2014

De la piel.

De la piel son las excusas y el roce, los encuentros, los matices, las voces.
De la piel el delirio que prende el fuego y de la música los acordes.
De la piel es este afán de merecerte, de cambiarme el nombre y el pasado.
De la piel como dos niños, inocencia de los años, jugueteando con el viento.
De la piel que ancla el deseo, de tus manos descubriendo cada parte de mi cuerpo
De la piel y de tus ojos, de tus besos, tus antojos, dueños siempre de los sueños
De la piel que nos invoca, nos distrae y nos perturba, que nos hace prisioneros.
De la piel es el tiempo que se cuenta en segundos, en minutos y en momentos
De la piel es este encuentro, sin quererlo y sin tenerlo, de tu boca y de tus besos
De la piel que vibra sin compases, de la pasión y la lujuria, del amor sin ataduras,
De la piel es la impaciencia, es el ansia de tocarnos… de morir en el intento.

miércoles, septiembre 24, 2014

Extrañar a alguien

Extrañar a alguien tiene su ciencia. La vida empieza a girar alrededor de la ausencia y la invocación constante e involuntaria, construyendo escenarios utópicos donde convergemos y nos chocamos como planetas. 

Extrañar a alguien tiene cierto encanto. Nos vuelve creativos y didácticos, porque cada vez es más urgente inventarle tretas al tiempo y juegos a la mente para distraerla y no pensar, no recordar, no darle paso al anhelo y a la angustia.

Extrañar a alguien tiene sus ventajas. Se pierde peso sin ejercicio y se mantienen vacíos los lagrimales. La rabia nos hace valientes y la opinión de los demás deja de importar. 

Pero extrañar a alguien es tan aburrido para quien extraña. Lo convierte en un fantasma, en un holograma de sí mismo. Mantiene vivas las esperanzas y guarda en un baúl la conciencia para que no le grite lo que es tan cierto: extrañar a alguien es algo inerte, una gran pérdida de tiempo.

miércoles, agosto 13, 2014

Atraviesas...


Con la angustia propia de los amantes furtivos, te anhelo como quien desea ver el sol por última vez antes de morir, como quien nunca ha visto una estrella fugaz y tiene en el alma un deseo guardado. Atraviesas el umbral de las caricias y me incendio hasta convertirme en cenizas, sin dolor, sin reparos. Cuando sueño contigo, la ausencia se hace menos y pareces tan real, con ese montón de luciérnagas orbitándonos para alumbrar lo que es eterno, lo que tenemos en las manos… libertad.

Atraviesas con tus manos todas mis barreras y me rindo ante la conmoción que me gobierna, que me hace presa del intenso ardor en las costillas y el diafragma porque las mariposas han abandonado su estado de oruga y sus alas me revientan en aleteos las entrañas donde atraviesas con tu luz mis miedos y no puedo más que cerrar los ojos y sentir cómo recorres los caminos, las calles, los centros, el universo entero para tenerme cerca, para prohibirle a la espera que nos devore y nos obligue a olvidarnos, porque tú atraviesas todo cuanto construí, todo cuando imaginé, encallado en mis manías, entre pecho y espalda.

Atraviesas espacios vacíos de amores breves y foráneos para quedarte conmigo y así poder quererte bonito, a la vieja usanza, como ya no se ve pero todos demandan, con besos que redundan y pasiones que se exceden. Como una daga atraviesas mi corazón, partiéndose en dos con la evidencia: las almohadas se roban los sueños y nos quedamos únicamente con los recuerdos, esos recuerdos que atraviesas para decirme que a pesar de todo nunca estaremos lejos.

martes, junio 17, 2014

Carta al Vacío Vol. 4

No hay ningún mérito ni novedad en hablar de ti. Lo que sí es valioso es tener la oportunidad de desahogarse por lo menos un poco con alguien de absoluta confianza y que además nos conoce a los dos. Te confieso que al recorrer tus espacios y recoger tus pasos sentí un profundo vacío; las manos me sudaban, el corazón a punto de reventar y este anhelo miserable de un recuerdo sin doliente. Nadie oye, nadie sabe, nadie entiende, nadie ve, y a mí me consumen la espera infértil y el silencio. Con cuánto placer te orbitaría de nuevo, aún con toda tu crueldad. Busqué rezagos de tus murmullos en un lugar que nunca fue nuestro pero que me sirvió de excusa para componerte y dibujarte, para creerte y coquetearte, para regodearme en el absurdo y pretender que construía una historia sin hechos, sin personajes secundarios y sin pasiones latentes. Recordé para reemplazar la espera, hablé bien de ti para disfrazar la impotencia y te extrañé. Cada día repito una y otra vez algo que se ha convertido en mi mantra: no volvió cuando pudo, no volverá jamás, no hay reciprocidad y este vacío al que le escribo es lo único que me queda, que nos queda. Suplicar telepáticamente que vuelvas es la constante de esta paradoja, y con todo esto, aún me queda aliento para preguntarle al cielo si durante todo este tiempo has pensado por lo menos un breve instante en mí. No creo.

jueves, mayo 22, 2014

Prohibido Escribir.

Me dijeron que no podía escribirte. Me pareció tonto de veras. ¿Cómo le piden a un escritor que no escriba? Es como si le cortaran las alas a un ave, como si se callara la voz de un protestante, como si me dejaran desnuda en medio de la calle con hambre e hipotermia. Me pidieron que no te escribiera, que guardara lo que siento en un baúl, que escondiera mis miedos y que usara el extintor de la calma para sofocar el fuego que me inunda las venas cuando cierro los ojos y te veo allí, tan mezquino y tan ágil, tan visceral e inconsciente. Me prohibieron escribirte como si fuera tan fácil, con toda la crueldad que implica, con el esfuerzo que tengo que hacer para ahogar los gritos de mis entrañas y bajarle la revolución a los fuegos artificiales que se me acumulan en los poros, desesperados por salir, por brillar en lo más alto del cielo. ¿Puedes creer que me pidieron no escribirte?, ¡Si es lo que mejor sé hacer! Reunir un montón de letras y darles un orden incoherente que solo tiene sentido en mi cabeza; agarrarme con fuerza de la probabilidad y alimentarme con cada instante que te tengo cerca, segundos perfectos en los que lo ajeno es propio y tus brazos son escudos cálidos que me protegen del terror que le tengo a tu ausencia y a tus manías dispersas. La vida se me pasó en un psicodélico flashback y no pude más que hundirme en tus manos y renunciar a la invasión de pesimismo que me acompaña día a día para morder tus labios en sincronía perfecta y adueñarme del encanto de tener tu rostro adherido al mío. Y así me encontré contigo y con la certeza de no poder escribirte, me lo prohibieron desde antes, desde que les hablé de ti, de tus ojos verde triste y tu manera de arrugar la nariz cuando sonríes. Y entonces me hablaste de ti, me contaste esas cosas que no le dices a nadie, me vestiste con palabras y me dibujaste tanta tontería de tu imaginación que se me empalagaron los oídos y se me estrujó el corazón. Y es que me gustas tanto así, tanto, tanto que no puedo contarlo, no puedo ponerlo sobre el papel porque es extraño; me gustas todo y con todo, desde la cicatriz de la quijada hasta los tornillos en las rodillas, desde la cortada en el pulgar hasta la marca en la ceja derecha – y mira que eres torpe – pero eso también me gusta. Lo siento tanto, me prohibieron escribirte, lo hicieron mis temores, mis amigos, mis enemigos, mis críticos, los aburridos eruditos que creen saberlo todo sobre mí, que me lleno de películas en la cabeza, que construyo ideales que no serán, que me paso la vida divagando sobre recuerdos bonitos que se desvanecen al otro día. Es verdad, así soy yo, la que compone desvaríos y te alucina. Y me muerdo las falanges para no correr a verte, para dejar que la vergüenza gane y para no caer en el absurdo de pensar en lo que viene. Me aguanto las ganas, me anudo la lengua y respiro como practicamos esa vez. Inhalo… exhalo… inhalo… y no te escribo más porque está prohibido, porque sé que estoy perdiendo el tiempo. Cierro los ojos y bajo los párpados te encuentro aunque no debo, una clásica traición del subconsciente. Un. Dos. Tres. El aire huele a ti. Y te respiro. Y te escribo.

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