Si fueras quien eres cuando estoy contigo.


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Si fueras quien eres cuando estoy contigo, yo sería la mujer que tú imaginas:
guerrera valiente, diferente, sin tapujos, sin rodeos,
sin miradas lastimeras y sin temblores en la voz.
Si fueras quien eres cuando estoy contigo, me vestiría de colores,
me cubriría de flores y elevaría al cielo una oración
para que el Ser en el que creo te cuidara cada día,
todos esos días en los que no puedo estar contigo,
porque si fueras quien eres cuando estoy contigo, la vida sería perfecta,
nuestra vida mi amor, la que nos hemos inventado juntos.
En los espacios que me quedan cuando no estoy contigo y te extraño
he aprendido a creer en milagros, en milagros y en el viento,
el que me cuenta las historias que susurran tu nombre,
el que se lleva las risas, las palabras ajenas, las tristezas viejas.
Y si tú fueras quien eres cuando estoy contigo, te entregaría mis pasos
las navajas de mis ojos cortando la tensión del breve instante,
ese instante en el que no soy, en el que no eres, en el que no somos.
Y es que si fueras quien eres, si estuvieras conmigo,
la palabra silencio perdería el sentido.

Carta al Vacío Vol. 3


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Comparo mis memorias con los flashback de una película. De repente estoy así como si nada, y ¡bum!, apareces tú diciéndome algo bonito en cualquier circunstancia y sonrío. Tuve una charla increíble con alguien que te conoce, no sé qué tanto, pero que si te menciono entenderá al instante, y mira que esa charla me hizo pensar en ti. ¿Cómo estás?, ¿qué hay de tu vida?, ¿cómo van las cosas? Preguntas sencillas que daría la vida por responder, pero me niego a preguntar por ti, sería un suicidio. Hoy no te odio. Ayer decidí dejarte atrás. Mañana seguramente te extrañaré un poco de nuevo, y así se nos irá la vida hasta superarlo por completo. Hoy estoy segura de no saber quién eres y de que nunca lo supe. Lo insoportable realmente es que le dieras la razón a todos y tener que guardarme la versión original de lo ocurrido para no confirmar los temores de quienes me hicieron mil advertencias: prohibido enamorarse, prohibido involucrarse, prohibido sentir, prohibido odiar, prohibido reclamar. Pero ya ves tormento, se nos cayó la máscara a los dos. Tú no eras el bueno de la historia y yo no era tan fuerte ni tan madura. Finalmente, aunque intenté no hacerlo, terminé imaginando que habría un después sin importar cuál sería y sin prestarle atención a tus maliciosas intenciones que invitaban a alejarme. Sentí que eras cercano, que podías ser mi amigo. Fallé.

Carta al Vacío Vol. 2


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Te odio. Y es gracioso, porque en mi mundo de absurdos donde nunca tengo nada claro, lo único claro es eso, que te odio y con muchas ganas. El odio es un sentimiento que consume y marchita las buenas vibraciones, pero ¿qué podemos hacer?, si después de tantos, pero tantos días dándole vueltas al mismo asunto, tú has hecho alarde de tu cinismo para darle la razón a todas esas personas que me advirtieron un millón de veces el error tan grande que era encariñarme contigo. Y mira tormento que este descubrimiento no me ha hecho ni más ni menos feliz, pero por lo menos darle nombre al sentimiento produce cierta tranquilidad. Ahora, eso no quiere decir que me rasgue las vestiduras o contemple el suicidio como opción, no vales tanto, entre las muchas cosas que no mereces, esa en especial saca la cara por todas. Puedo insistir en que no mereces mis letras, y de hecho nunca mereciste lo que entregué por tu causa, pero ahondar en lo obvio no nos va a regresar en el tiempo ni nos va a devolver las sonrisas que nos debemos. Lo lamento tormento, de nuevo, por los dos, y mucho más cuando te apareces en lugares irrisorios y cada día, aunque sea una vez, saco tiempo para recordarte y revisar la lista de chequeo de mi cerebro en la cual explico por qué debo liberarlo de ti. Eres difícil de olvidar tormento, pero no imposible. Créeme, soy experta en ello.

Carta al Vacío Vol. 1


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Buenas tardes tormento. Son tantas las cosas que han sucedido desde que te fuiste. Las cosas han cambiado, otras personas se han ido, nuevas han llegado, ya sabes lo que dicen, la vida cambia, las cosas cambian y la gente cambia. Incluso yo, he cambiado mucho y no puedo decir que para bien o para mal. Solo sé que cada día batallo en contra de tu ausencia y mi miedo a extrañarte. Es una sensación que odio y que cada día hace más daño. Estoy segura que no va a durar para siempre, porque así soy yo, dramática hasta los huesos pero al final olvido y paso la página. Lo que pasa es que a veces es más rápido, a veces se demora más, todo depende. En realidad, no es la ausencia la que duele, es la indiferencia y saber que a pesar de todo no voy a mover un dedo para volver a verte, porque aún el lado consciente de mi inconsciente es lo suficientemente fuerte para saber que esto es lo mejor. Y aún así, a veces se arremolinan en mi estómago las ganas y en mi cabeza las emociones y siento tanta impotencia y tanta rabia que quisiera tener la manera de hacértelo saber. Y ni siquiera lo mereces, ahí está la ironía, porque no mereces nada, ni tenerte en mi cabeza a cada momento, ni cada lagrimita boba que he derramado, ni estas letras mereces. Qué tristeza me das, tormento. Qué lástima nos tengo a los dos.

Aprendiz.


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Siempre tan tonto el mundo y su locura. Yo me pinto margaritas en el vientre y lloro dolores ajenos. Te quise. Te quiero. Te querré. Has sido el más perfecto de mis errores, el más banal de mis miedos, fugaz a veces, eterno a veces. Tanto, que si fueras aire sería un placer respirar tu vida, que estés en todas partes, bajo la piel, sobre las sábanas, en las entrañas. Te quise. Te quiero. Lo confieso, con lo romántica que es la aurora, con lo mágica que es la luna, todo te lo he dedicado, todo ha sido para ti, las lágrimas, las canciones, el agujero en la capa de ozono, el sabor de mis labios, mis mentiras piadosas, mis súplicas clandestinas, las pasiones que me rebasan, el carmín de la sangre que se escurre en cada herida, sin doliente, sin antes, sin después, sin ti. Tú has sido hogar, equilibrio, refugio, engranaje preciso, la pieza ausente del rompecabezas, el lugar donde se alinean los planetas y se conecta la vida con la madre tierra. Mi casa, mi verdugo, mi cobardía.

Siempre tan tonto el mundo y su locura. Siempre tan tonto tú que jamás te enteras, que te escondes y te vuelves ciego, que juegas mi juego y develas mis cartas, que diluyes mis pasos, me cortas la voz y revuelves todo con tus dedos de alquimista y tus maneras tan galantes. Recorres los mismos espacios mirando las mismas nubes, guardando los mismos papeles en los mismos bolsillos, olvidándome en las mismas esquinas, perdiéndote instantes conmigo, perdiéndome a mí cada vez un poco más. Pero te quise, claro que te quise, y mira cuánto te quiero, tan triste es la certeza en un retal de letras, que con cada palabra verás también que te querré, pero no para siempre. Aprenderé.

Teorías sobre el enamoramiento: Wikipedia, Osho y un simple desvarío...


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Han sido días complicados. Y no lo digo como una queja o para excusarme por llevar tantos días en la nebulosa laboral, lo digo en serio: han sido días de locos. Lamentablemente para mí, escribir no rima con cierres financieros ni revisión de cifras; rima mejor con dos días de incapacidad obligada debido a una obstrucción de vías respiratorias generada por la inflamación de los senos paranasales. Bien, son demasiados tecnicismos para mi gusto, pero eso fue lo que viví en los últimos dos días y de una u otra forma me ayudó a liberarme un poco del letargo, descansar y pensar por fin en lo que quería escribir. Y aquí estamos.

El amor debe ser un absoluto acto de libertad. Después de tantos años haciéndole cerebro flotante y un poquito de bullying a los libros de autoayuda y a la gente que publica en Facebook todos los días su propia versión del amor perfecto que comparte con su media naranja, me encontré con mi mejor amigo poniendo esa frase en su estado. Fue una cosa rarísima porque yo misma lo había acompañado a comprar el bendito libro de Osho con el cual esperaba de alguna manera entender la revolución que le invadía la vida y sus porqués. Pero no es el único, yo también tengo la vida revolucionada hace días. Acostumbrados desde siempre a lidiar con nuestras neuras mutuas, sin dejar atrás el apoyo y la inevitable burla, me di cuenta que de alguna manera lo envidiaba. Él estaba tratando de no interpretar las señales equívocas ni leer entre líneas y a cambio se dedicaba a buscar indicios un poco más concretos en un libro que nunca antes hubiera contemplado siquiera comprar, mientras yo me hallaba unos días atrás buscando en Google mi propio camino de respuestas ligeramente inexactas y de fuentes tan “fiables” como Wikipedia. Lo sé, es así de patético, pero no menos encantador… mera curiosidad. Leí mucho sobre la química del amor, sobre la interacción de las hormonas y las no sé cuántas glándulas que intervienen para que a uno se le vaya la baba por alguien en especial: un cóctel cerebral que incluye dopamina, adrenalina y norepinefrina. Gracias a la dopamina nos invade la euforia del enamoramiento, y las otras dos solo están ahí para que se nos detenga el corazón, nos suden las manos, nos hormigueen los dedos y no podamos dormir. Pero tengo que admitirlo, aunque yo sea todo emoción y me rebasen los sentimientos, no pude evitar el matoneo respectivo el día de la compra del libro.

Y aún así, se lo pedí prestado. De hecho, más que pedírselo prestado le supliqué que me diera su libre paráfrasis del texto y describiera las notitas que hubiera podido hacer en post its imaginarios con los aspectos importantes. En mi interior no podía evitar reírme de mi misma porque para compensar su elocuencia yo solo tenía la lista de características que me había dado Wikipedia y que según mi imaginación coincidían con mi situación actual, ubicándome inequívocamente en el privilegiado lugar de los verdaderos enamorados. Mi amigo seguía con su epifanía sobre el amor libre de Osho y la posibilidad de construir relaciones basadas en la confianza y el conocimiento auténtico de sí mismo, sin miedos ni límites, y mi cabeza empezó a divagar con la idea de llamar en ese preciso instante al susodicho de turno y despertarlo con mi conveniente retahíla sobre lo mucho que me gustaba y la contundencia de mi revelación: oye extraño, según Wikipedia y los recientes descubrimientos de mi mejor amigo, estoy completamente enamorada de ti. Sin embargo, teniendo en cuenta que las fuentes de información en la wiki varían a diario y pueden ser editadas por cualquier colaborador, mañana podría perfectamente dejar de estarlo (porque es tan bipolar como yo)… así que desistí.

Al final cada persona tiene su propia visión del amor. Unas más utópicas, unas más racionales, pero siempre esperan terminar con un beso bajo la lluvia, supongo. Me gusta preguntarle a la gente por lo que siente, me gusta indagar y encontrarme con esas versiones extravagantes y sesgadas que se basan únicamente en la experiencia propia, aún cuando muchos alegan ser demasiado reservados con sus vidas privadas, algo que en mi concepto es miedo a la exposición y a que otros intervenga, pero lo respeto. Ya sé que nadie me va a dar respuestas, nadie va a llegar con verdades absolutas y tampoco espero encontrarme con el recurso lastimero de la paciencia y el algún día encontrarás el indicado y al que le van a dar le guardan. Continuaré perdiendo el tiempo por ratos en Google, tal vez leyendo tonterías varias en la internet o pretendiendo entender libros de autoayuda a través de los ojos de otros, mientras el susodicho de turno sigue con su vida sin tener la más mínima conciencia de mis desvaríos. Yo por mi parte seguiré avanzando y retrocediendo gracias a mi libre y esporádica interpretación de sus señales. Mi mejor amigo probablemente amplíe su colección de libros de Osho y trascienda más allá del fatídico e incómodo tema del romance, aunque siga gritándole en los bares el amor se acaba a las parejas que se besan. Quizás yo también trascienda, madure y porque no, con tanto que he leído sobre la dopamina, la noradrenalina y las diversas reacciones del cuerpo pueda convencerme de que, después de la madrugada macabra en la que no podía respirar, Wikipedia y Osho estaban equivocados: lo mío es rinosinusitis alérgica crónica con obstrucción de vías respiratorias, no amor.

Todo es culpa de Nietzsche.


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Siempre hay un poco de locura en el amor. Pero también un poco de razón en la locura”. Esa fue la frase que recibí al final de la tarde en un mail cuyo asunto decía algo como Te tengo la frase del día. Obviamente, fue gracias al doodle de Google que me enteré del aniversario del nacimiento de Friedrich Nietzsche, porque siendo honestos, no es una fecha que tenga marcada en mi calendario. Y estoy segura que mi amiga, la del mail, tampoco. Sin embargo, ella sabe perfectamente cómo iniciar una buena charla conmigo, sencillamente porque conoce el 80% de mis lados débiles y esculcarme la lengua como diría mi mamá, se ha convertido en una especie de hobby para la gente que me rodea.

Para su buena fortuna, habían sido precisamente razón, emoción, amor, cordura y locura mis palabras favoritas durante el fin de semana. Especialmente porque razón y emoción han desatado una especie de guerra de egos donde las dos están desesperadas por salir victoriosas y arrastrarme con ellas sin vergüenza alguna, llevándose por delante a la cordura y a la locura por igual hasta convertirlas en una masa demencial de contradicciones como una bola de nieve que se va llenando de los miedos, las excusas, las probabilidades, los anhelos y la posibilidad de hacer otro de esos ridículos que lo deja a uno exhausto y aburrido como un orgasmo inducido y sin ganas.

Claro que sí, al pobre Nietzsche y a uno que otro erudito amateur les debe parecer que el disparate de hoy es demasiado convencional, repleto de clichés y lugares comunes, escrito por una niña para que sea leído por niñas. ¿Y qué se puede esperar?, soy una mujer que disfruta contando cosas sin mucho sentido, usando un montón de palabras rebuscadas, cuando debería tomar el toro por los cuernos y hablar frente a frente con quienes inspiran sus escritos. Pero como todos sabemos que eso no va a suceder (porque esto, como todo en mi vida, es pasajero), la única evidencia de que tantas emociones han pasado por aquí está en escribir sobre aquello que en algún momento me importó o me importa, por pequeño que sea. Así me queda la certeza de sentir, de haber sentido, de estar viva.

Hoy me voy a poner romántica, ¡Qué más da! Si es que cuando se trata de amores, yo soy toda emoción. En ese aspecto, mi lado racional sufrió alguna clase de trastorno de personalidad en su niñez y se cree emoción de vez en cuando. Pero ahora que ambos son adultos, emoción y razón no quieren jugar del mismo lado aunque siguen como imbéciles pretendiendo engañarse mutuamente para ver quién se queda con la locura, porque a la cordura, al parecer, nadie la quiere. Y con tanta elucubración sin sentido alguno, he descubierto otra de esas facetas escabrosas de mi personalidad: o soy bipolar o tengo un alter ego adolescente que perdió por completo la cabeza.

El problema es que la loca (mi alter) tiene el cinismo de creer aún, de soñar, de ilusionarse y lo peor… de enamorarse. Esta vez la víctima (¿o victimario?) es un pobre mortal con un cúmulo de manías y rarezas que hacen las delicias de la emoción y están sacando de quicio a la razón. Tal vez sea porque sus abrazos son efusivos, o porque sus ojos tienen ese tonito verde oliva que uno no puede obviar y ya, o porque siempre tiene una sonrisa honesta y una variedad de frases construidas y momentos de delirio que obligan a prestarle atención se quiera o no. Es un poco de todo: su descaro, su visión bizarra de la vida, sus juicios, su torpeza. El lado racional analiza cada detalle y se regodea en horas de conversación mientras la emoción vibra en el abdomen como en el peor de los ataques de amebas, amarrada a  una silla con lazos que penden del diafragma y con un pedazo de tela en la boca tratando de callar los aullidos de su corazón, porque la emoción por supuesto, en este desvarío, tiene su propio corazón, uno que se engaña con utopías y se mantiene firme ante la probabilidad.

Mi alter da brinquitos cuando ve pasar al pobre tipo y deja que la emoción se apodere de cada terminación nerviosa en cuanto lo tiene cerca. Provoca la ocasión y engaña a la razón diciéndole que todo va a estar bien, que no hay nada de qué preocuparse porque seguramente al final ella ganará la contienda. Ya ven que mi razón es bastante obtusa y pagada de sí misma, porque le cree. Y mientras tanto la emoción va por ahí haciendo de las suyas, encontrando aliados insospechados: la providencia, la casualidad, la causalidad. Mantiene distraída a la razón con una pila de reflexiones ridículas y aprovecha para convencer a los dedos para que hormigueen al topárselo de improviso, persuadir a las glándulas sudoríparas para que olviden el autocontrol y al mecanismo que maneja las sonrisas involuntarias para que desconecte el cable que las ata a la razón y así aparecen cuando no deben, más de la cuenta y casi por todo.

La razón sigue preparando su patético discurso de huída mientras la emoción arma sindicato con cada vello del cuerpo para que reaccione ante la más mínima mueca y le pide ayuda a la máquina de los suspiros para andar a toda marcha cada vez que la razón se descuida y en un instante de vulnerabilidad se permite recordar lo mucho que le gusta verlo arrugar la nariz cuando discute, o el movimiento de sus manos al hablar… o simplemente la forma en que toma el esfero para escribir. Tonterías de esas.


Cuando la razón reacciona ya es muy tarde. Con el agua hasta el cuello atina a sacar del bolsillo el último de sus argumentos: bien puede la emoción seguir bebiéndose la locura a sorbitos y escondiendo a la cordura bajo el tapete. Al final, en este juego la razón tiene ventaja… la emoción no conoce a Nietzsche.

Me gustas.


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Me gustas. Con todas sus consonantes y todas sus vocales. Tal como suena, con el sonido imperceptible de su punto final. Con énfasis y con acento, aún con la ausencia de tildes. Me gustas. Lo sé, es una forma escueta de decirlo y usualmente me perdería en un mar de silogismos para darle vueltas al asunto pretendiendo que las analogías y los símbolos suavizaran el efecto de tal certeza sobre mi alma, pero no hay necesidad, porque la verdad desnuda y sin maquillaje es que me gustas. Desde cuándo te preguntarás, yo también lo hago. Puede ser desde aquel día que te sorprendí mirándome con ojo científico, tratando de develar la rareza de mis acciones, o simplemente entreteniéndote con una más de mis tonterías. Podría ser ese día. O fue aquel que pronunciaste mi nombre con todas sus letras y una gotita imaginaria de agua helada se me derramó por la espalda. Sí, ese día sí.

La pregunta aquí es por qué. Estás muy lejos de ser lo que siempre he soñado. Y aún así, mientras escribo estas líneas recordando cada momento que he pasado contigo, una sonrisa tonta se dibuja en mi rostro y me inspiro. Cínico, sí. Un poquito arrogante para mí gusto, con un sentido del humor bastante extraño y esa pose de superioridad que desespera. Me gustas. Justamente son esos momentos detestables los que más me inquietan. Mirar, decir dos o tres cosas sin vergüenza, levantar la ceja, sonreír y transformar toda tu expresión en un acto de rebeldía. Me gustas. Definitivamente me gustas, aunque sea un completo acto de irresponsabilidad con mi salud mental, de masoquismo y falta de foco, pero no me conoces del todo, no sabes hasta qué grado puede llegar mi obstinación. ¿Ya te dije que me gustas?

He dejado atrás algunos pensamientos perturbadores y me he dedicado a observarte. Cada paso que das, cada momento a tu lado, cada excusa que me invento para acercarme, cada expresión confusa de tu rostro, cada palabra es un desafío porque quiero saberlo todo, pura curiosidad. Es que no te imaginas qué delicia es verte sonreír, tal vez nadie te lo haya dicho, pero así es, y entre las cosas que he dejado ligeramente atrás se destaca mi contundente pesimismo o mi tendencia a no actuar, lo cual quiere decir que en cuanto tenga la oportunidad de mirarte a los ojos y no me desmaye, te lo diré. Por un momento sentiré que todo lo puedo, que todo es posible.

Está bien, no es cierto, no lo haré. Porque primero me habré desmayado. Sin embargo, todo ese halo de inconformidad, ironía y misterio que te envuelven me inquieta de una manera que no alcanzas a concebir. Quiero saber lo que hay detrás de la máscara de autocontrol que has creado, quiero saber si es bueno o es malo, quiero arriesgarme, quiero perder y quiero ganar en el intento. Decepcionarme de pronto; no sería la primera vez. Apasionarme podría, eso sí lo sé hacer bastante bien. Pero enamorarme, no creo, tengo demasiados miedos por afrontar. Por ahora te escribo, aunque sin saber si leerás. Ojalá así sea, y quizás ni siquiera lo entiendas, porque como siempre estoy divagando y yéndome por las ramas, cuando debería pararme frente a ti y decirte de manera directa y categórica: Muchacho inquietante, de ojos negros y distantes, sonrisa torcida y actitud distante… ¡cuánto me gustas!

Sé cómo hacerlo.


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Déjame idealizarte, sé cómo hacerlo. Imaginarte así, tan despreocupado y noble, tan inteligente y sereno. No necesito mucho en realidad: un par de roces, una mirada, dos silencios y tu sonrisa iluminando ese espacio en el estoy como niña en dulcería divagando con tus palabras y tu voz.

Déjame soñarte, sé cómo hacerlo. Son sueños largos y tranquilos, pero al despertar me encuentro con la frustración de tu ausencia y un millar de animalitos alados reventándome el vientre sin ningún consuelo ni el encanto efímero de  la proximidad, o al menos de la probabilidad.

Déjame acecharte, sé cómo hacerlo. No lo tomes a mal, no es tan grave como suena. Solo dos o tres instantes, un guiño en cada esquina, coquetearte a la medida y descifrarte sin querer, investigar sobre tu vida, esculcar en tus rincones, conocer tus emociones y evitar las despedidas.

Déjame escribirte, sé cómo hacerlo. Es mi único recurso, el mejor de mis intentos. Mi campaña contra el tiempo, mi manera de acercarme, lo que hago para armarme de valor con tantos juegos. Sé que es temprano para hablarte, podría esperar a que vinieras a deshacer con tus manos lo que el dolor construyera.


Déjame besarte, sé cómo hacerlo. Una sonrisa traviesa aparece cuando lo pienso. Con los escrúpulos fuera y con mi sangre ardiendo, puedo jurar que jamás has conocido este aliento, con la pasión rebasando lo que te grita mi cuerpo y el corazón en la mano añorando el momento, para quererte bonito, porque sé cómo hacerlo.

Me enamoré de un hombre casado.


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La televisión y uno que otro libro nos vendió la idea del romance perfecto que comienza con un había una vez y termina con un felices para siempre. Dos seres que aún sin conocerse tienen escrito un destino juntos que puede predecirse desde la primera escena. Sin embargo, la realidad que yo conozco dista mucho de esa imagen. Sí, yo escribo novelas, las más románticas y las más utópicas porque me gusta el romance, me gusta el amor leído, el amor escrito, el amor que se hace y se deja hacer, pero esta teoría del inicio-nudo-desenlace que viene en una plantilla no me convence, y ahora menos que nunca.

Podría empezar diciendo que, después de dos noviazgos formales y varios años manteniendo una postura radical conservadora sobre el respeto por el cuerpo y por las relaciones ajenas, después de criticar a quienes buscaban lo que no se les había perdido en los lugares equivocados y de escupir para arriba diciendo que no podía hacerle algo a alguien que no quería que después me hicieran, después de tantos ires y venires, me enamoré de un hombre casado.

Tal vez no es nada nuevo. Hace algún tiempo escribí una serie de sinsentidos, con numeración incluida, en los cuales claramente hacía referencia a un hombre ajeno. Básicamente porque cada párrafo marcaba el énfasis en la ironía que lo hacía ajeno y estaba causando bastante dolor; el lamento de una adolescente que sufre por su primer amor de colegio. Honestamente, era algo muy platónico. Lo veía tan inalcanzable, tan adorable, tan encantador y tan prohibido que empecé a idealizarlo. Curiosamente, tiempo después ese ideal desapareció en la premura de un par de besos insípidos que arrancaron de raíz cualquier rastro de enajenación. La vida me cambió. Todo lo que construí a su alrededor se esfumó y no solo quedó el mal sabor de la decepción sino que la ironía de que los hace ajenos dejó de ser un motivo de lamentos y culpas.

Sin embargo, no fue él de quien me enamoré, fue otro. Aún recuerdo la primera vez que sentí de forma patente cómo se me helaba la sangre con un abrazo. Bonito juego de palabras ese, un abrazo abrasador, ya saben, el hielo también puede quemar. Y con todo eso, fue la primera vez que puse todas las cartas sobre la mesa y la importancia de los dos noviazgos formales y mi radicalismo conservador se redujeron a prácticamente nada. Lo amé. Ha pasado suficiente tiempo para afrontarlo, asumirlo y decirlo sin que se me estrujen las vísceras y me falte el aire. Bueno, aún me falta un poquito el aire cuando su nombre ronda una conversación por más de cinco minutos, pero creo que es parte de la rehabilitación.

Créanme, no es nada del otro mundo. Cierto atractivo, cierto encanto, cierta manerita de decir las cosas y de jugar con las palabras, muy sugestivo a veces, muy obvio tal vez, pero nada más. Ni siquiera me dio tiempo de idealizarlo ni de verlo adorable o fascinante, solo lo vi, así, escueto, sin limitación alguna, desnudo en cuerpo y alma y con todo el cliché que eso amerita, me lancé al abismo psicodélico de sus besos y por un breve instante olvidé que no era una ironía lo que lo hacía ajeno sino un anillo dorado que le rodeaba el dedo anular y que la imagen del pequeño niño de la foto que cargaba en la billetera me iba a acompañar el resto de mis días. Me olvidé de todo eso y sucumbí. No soy una niña pequeña, lo sé, tampoco soy un ser malicioso ni estratega que se pasa la vida pensando cómo destruir a los demás, pero bien dicen que no se deben hacer cosas buenas que parezcan malas, y no estoy diciendo que haya sido algo bueno ni malo, simplemente es algo de lo cual no me arrepiento, algo que me puso frente a frente con mis propios demonios, con los miedos más arraigados en el subconsciente, con cualquier trauma de infancia que mi mente hubiera suprimido y con la necesidad imperiosa de respirar el mismo aire para sentirme viva y feliz.

Después de eso, las cosas fueron tal y como tenían que ser, pues así como hay una plantilla para las historias de amor perfectas, un había una vez que acaba con un felices para siempre, también hay un no juegues con fuego que acaba con un te vas a quemar. Y así fue. La diferencia está en que, mientras el amor perfecto es apoyado con pompones y carteles por quienes te rodean, el otro es rechazado, juzgado y señalado porque está absolutamente prohibido poner los ojos en donde alguien más ya los puso. Y de alguna manera estoy de acuerdo, es decir, tiene sentido ¿no?, si creyera en el pecado sería el de la codicia, pero creo en el karma que no está muy lejos de parecerse, y sé que no fue precisamente buen karma el que acumulamos los dos. Al final, siguiendo el libreto y nuestra propia plantilla, él le dio la razón al mundo y me dejó de pie en una tabla de un metro por un metro en medio del mar. Por muchos meses naufragué a la deriva de mi propia conciencia y no hubo nada alrededor más que oscuridad y silencio. No podía llorar porque no tenía defensa, no podía defenderme porque ya no me quedaban lágrimas, no podía juzgar porque no me quedaba sensatez y no podía mirar al cielo porque me encontraba con la lluvia de todo lo que escupí. Escribí unas cinco o seis cartas al vacío que fueron mi única compañía durante el exilio y cada frase ahondaba en las heridas en las noches como un puñal con rastros de sal, pero cicatrizaban milagrosamente al amanecer. El mismo baile una y otra vez por varios días y es inevitable acabar convertido en una estatua de mármol con la sonrisa dibujada y las entrañas vacías.

Un día simplemente llegué a tierra firme, sola y por mi propia cuenta. No vino nadie a rescatarme y de hecho, no hubo necesidad. Discutí un poco con Dios en el camino y luego nos arreglamos como lo hacen los buenos amigos, así que cerré el capítulo y continué con mi vida. Doblé las sábanas de esa historia, archivé los documentos que contenían su nombre, sus miradas fascinantes y sus pies de páginas, escondí su sonrisa cínica y deliciosa bajo el tapete del hipotálamo y di un paso adelante.


No soy la misma, es verdad. No hay radicalismos ya, ni actitudes conservadoras, ni mucho criterio para juzgar los actos de los demás. Pero todo es una gran enseñanza, todo es aprendizaje y para eso hemos venido a este mundo, para colisionar unos contra otros, para converger y dejar que se nos filtre el amor por los poros y nos contamine la sangre. A veces extraño un poco eso, la sensación de hormigueo y las punzadas en el vientre cuando lo veía, sentirse atractivo, brillante, vivo… era divertido y romántico a veces. De cualquier modo iba a terminar convertida un poco en esa mujer que la sociedad clasifica y observa de lejos con esa mezcla lastimera de repudio y pesar, así que ahora no tengo afán ni una ficha técnica con condiciones y restricciones para participar en una nueva contienda. Solo me dejo llevar, dejo que la vida fluya y no le pregunto al mundo lo que opina sobre mi vida, mis actos y mis sentimientos. Siento y ya. Beso y ya. Amo y ya. Me quedo en el instante con el hombre que me robe el aliento, me confronte las dudas, me abrigue en sus ojos, me diga que todo va a estar bien, aunque sea por media hora, y que al cerrar los ojos condense todo mi universo, y ya.

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